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MADRE CESÁREA RUIZ DE ESPARZA Y DÁVALOS

Nació en Aguascalientes en 1829, en una familia católica dedicada a la minería. Desde joven se distinguió por su vida piadosa y se consagró a Jesús a los 19 años.

Tras la muerte de varios miembros de su familia, se trasladó a la Ciudad de México. Aunque no pudo ingresar a las Madres Concepcionistas, se unió en 1871 a las Hijas de María y vivió en el Hospital de San Andrés.

En 1872, junto al Padre José María Vilaseca, fundó la Primera Casa y Escuela de las Hermanas Josefinas, recibiendo autorización del Arzobispo de México. A lo largo de su vida, dedico su vida a la educación y a obras sociales, enfrentando desafíos con una piedad constante.

Su trabajo se caracterizó por su oración, mortificación y dedicación a cumplir sus deberes para agradar a Jesús, María y José. Desde 1872 hasta su muerte en 1884, estuvo al frente de la fundación de las primeras casas y obras.

Fue una mujer virtuosa que dedicó su vida a la educación y asistencia de la niñez y juventud mexicana, dejando un legado que perdura hasta hoy.

PADRE JOSÉ MARÍA VILASECA AGUILERA

Nació en 1831 en Igualada, Barcelona, España, y se dedicó a los estudios religiosos, llegando a México en 1853 por invitación del Padre Armengol. Ingresó a la Congregación de la Misión y fue ordenado sacerdote en 1856.

En México, destacó por su labor en la defensa de la fe, particularmente en la devoción a la Virgen María, lo que lo llevó a difundir el amor por San José. En 1871, tras una experiencia reveladora sobre San José, comenzó a publicar:

El Propagador de la Devoción al Señor San José, que sigue vigente. En 1872 fundó varias obras dedicadas a San José, como la Asociación Universal de los Devotos de San José, el Colegio Clerical del Señor San José, los Misioneros Josefinos y las Hermanas Josefinas.

Después de enfrentar persecución religiosa en 1873, salió de México para consolidar sus obras y obtener la Aprobación Pontificia para los Institutos Josefinos en 1903.
En 1877, dejó la Congregación de la Misión para continuar con sus obras Josefinas.

Reconocido por su celo apostólico y su dedicación a los más necesitados, Vilaseca murió en 1910 en la Ciudad de México.